Tu mirada se volvió un espectáculo en medio del universo, donde todo quedo reducido a nada por la naturalidad que desbordaba tu encanto. Viví los mejores días de mi vida en este espacio tan oscuro, pero que a tu lado se llenaron de brillo y luz que no podría describir con palabras.
En la cima aprendí que después del huracán de la cotidianidad existe un momento irresistible de vivir: tu compañía. Alcanzaste a desatar la cadena de emociones más intensa que desde hace tiempo no se percibía en mi mundo.
Entonces descubrí el arte de tu sensibilidad, cuando cada día mostrabas lo que tanto disfrutaba, y es que era el destello de tu sonrisa la que se levantaba majestuosa protegiéndome y calmando cualquier estado de tensión que mi cuerpo y mente pudieran experimentar.
Así, el inmenso poder de tu existencia marcaba el punto de referencia en mi mundo.
Hasta que despertaste al Demonio…
El cielo se incendió la noche que permitiste tus viejos hábitos hirieran mis emociones, perdí la tranquilidad y el veneno empezó a recorrer mi sangre hasta encenderme al punto de perder el control y olvidar… olvidar lo que un día fuiste.
Desde la cima del mundo, observaba como todo a mi alrededor empezaba a arder, y a unos cuantos pasos a mi derecha, me retabas con tu mirada.
El infierno se dibujo en mis labios y en el viento intenso me mostré tal como no deseaba mostrarme ante ti. Todo ardía en lo más bajo de la cima, la montaña estaba incendiándose con tal fuerza que en un instante el espacio que ocupábamos ardía por completo.
Entre las llamas alcanzaba a ver como sonreías. Hasta que el miedo broto en tu piel, tu mirada perdió intensidad y tu sonrisa ahora mostraba desesperación.
Era la misma sensación que provocaba el espectáculo que alguna vez nos permitimos observar en lo que era el paraíso para ambos. Solo que en esta ocasión era en el infierno. Tu infierno, mi mundo.
Caminé lento hasta acercarme a ti. Estabas inmóvil, lucías verdaderamente mal, tus ojos destilaban miedo, los mios: veneno. Pudiste evitarlo…
Me acerqué... no a matarte, aunque moría por detener mis manos en tu cuello y apretarlo deliciosamente hasta asfixiarte y ver como tus ojos se llenarían de sangre hasta explotar. Podría arrastrarte hasta desbaratar tu piel y con mis propias manos despedazar tu cuerpo. O podría enterrar mis manos en tus entrañas y retorcerlas al mismo tiempo que tu cuerpo, disfrutando provocar dolor intenso en ti.
Pero no, prefería una muerte sutil y elegante. Solo un ángel ha podido dañarme y fue un placer asesinarlo. Tu no eres un ángel, eres un pobre estupido y será exquisito verte morir...
Besé tus labios, mi saliva fue letal en tu boca, sin soltarte observe con una sonrisa, como el veneno de mis labios hacia estremecerte en una sensación que sabías era final. Volví a besarte y sin pensarlo, mordí tu boca hasta arrancarte los labios y escupirlos a un lado. Sangre…
Después vomité el asqueroso sabor de tu recuerdo.



